75º Acto. Día 16 de noviembre de 2007

Asociación de la Prensa de Madrid a las 19,30h
Juan Bravo, 6
www.apmadrid.es, www.iea.es

Al finalizar el acto, se servirá un vino de Bodegas Enate

Presentación del Libro:

Javier Osés: un obispo en tiempos de cambio

Autor

D. Pablo Martín de Santa Olalla Saludes

Publicado por el Instituto de Estudios Aragoneses

El acto contará con las intervenciones de:

El autor, D. PABLO MARTÍN DE SANTA OLALLA SALUDES,
D. JAVIER MARÍA DONÉZAR, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Madrid,
D. JOSÉ MARÍA NASARRE, director del área de Historia del IEA, y
D. BENJAMÍN FORCANO, miembro de la Asociación de Teólogos Juan XXIII y director de la revista Éxodo

 
Pablo Martín y
Feliciano Llanas

 


Notas previas

BIOGRAFÍA DEL AUTOR

Pablo Martín de Santa Olalla Saludes es doctor en Historia Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Ha sido investigador predoctoral del Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Madrid y posdoctoral del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile y de la propia Universidad Autónoma de Madrid. También ha sido profesor invitado de la Facultad de Derecho Canónico de la Universidad Pontificia de Salamanca. Colabora habitualmente con las revistas de investigación Estudios Eclesiásticos y Actualidad Bibliográfica, así como con la publicación Ecclesia. Entre sus obras destacan De la Victoria al Concordato. Las relaciones Iglesia-Estado durante el «primer franquismo» (1939-1953) (Barcelona, Laertes, 2003) y La Iglesia que se enfrentó a Franco. Pablo VI, la Conferencia Episcopal y el Concordato de 1953 (Madrid, Dilex, 2005). En 2004 recibió ex aequo el II Premio para Jóvenes Investigadores de la Comisión Española de Historia de las Relaciones Internacionales (CEHRI). Actualmente es coordinador académico del Centro Superior Editorial y de Cultura (CSEC).

 
RESUMEN DEL LIBRO

Javier Osés: un obispo en tiempos de cambio aborda la trayectoria episcopal de un sacerdote navarro a lo largo de la difícil etapa de la historia de la Iglesia católica que transcurrió en los años posteriores al Concilio Vaticano II (1962-1965). El cuestionamiento de la autoridad dentro de la Iglesia, la secularización masiva de sacerdotes, el vaciamiento de los seminarios, el diálogo con la modernidad o el cambio político en España, que llevó de un sistema marcadamente autoritario a otro plenamente democrático, fueron hechos que influyeron y marcaron decisivamente la vida de Javier Osés en Huesca, la diócesis a la que llegó a finales de 1969 y a la que se dedicaría en cuerpo y alma hasta su fallecimiento en octubre de 2001. Este libro pretende analizar las luces y sombras de un hombre de extraordinaria valía humana y cuya trayectoria vital estuvo marcada por una integridad y una entrega incuestionables que le convirtieron en hombre de referencia para el catolicismo altoaragonés y para la Iglesia española en su conjunto.

 

DATOS BIBLIOGRÁFICOS

Autor: Pablo Martín de Santa Olalla Saludes
Título: Javier Osés: un obispo en tiempos de cambio
Editorial: Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses (Colección “Cosas Nuestras”, nº 34)
Fecha de publicación: Junio de 2007 (1ª reimpresión, septiembre de 2007)
Páginas: 354
ISBN: 978-84-8127-191-1
PVP: 10 euros

 
De izquierda a derecha, Benjamín Forcano,
Pablo Martin, Feliciano Llanas,
José María Nasarre y Javier Donezar

 

Intervenciones por orden de actuación

Feliciano Llanas

  Buenas noches, en nombre de La Asociación Cultural Conde de Aranda y del Instituto de Estudios Altoaragoneses quiero agradecer su presencia en este acto en el que vamos a presentar el libro 'Javier Osés: un obispo en tiempos de cambio'. Para ello contamos con la inestimable presencia de su autor don Pablo Martín de Santa Olalla, de don Javier María Donezar, catedrático de Historia Contemporanea de la Universidad Autónoma de Madrid, de don José María Nasarre, director del área de Historia del Instituto de Estudios Altoaragoneses y de don Benjamín Forcano director de la revista Éxodo, y también damos la bienvenida a doña Pilar Alcalde secretaria del Instituto de Estudios Altoaagoneses.

  Antes de ceder la palabra a don Pablo Martín me van a permitir que le de la enhorabuena por el magnífico trabajo de investigación que ha cristalizado en este interesante libro, y también felicitarle por el título, Un obispo en tiempos de cambio, que encuentro especialmente apropiado, porque don Javier Osés no fue un revolucionario que llegó a Huesca a finales de los setenta para poner la diócesis patas arriba, como muchos de sus contemporáneos quisieron hacernos creer, sino que fue un sacerdote muy consciente de los apasionantes tiempos que le tocaban vivir, con el régimen de Franco en sus últimos estertores y con todo un Concilio Vaticano II por impulsar. Tiempos en los que antes o después la sociedad reclamaría profundos cambios políticos, sociales y morales a los que los modos y formas imperantes en la Iglesia de esos días difícilmente podrían dar respuesta. Por eso cuando don Javier Osés llega a Huesca traza una marca diáfana entre el antes y el después. Desde el primer momento realiza gestos o toma posturas, que aunque hoy nos puedan parecer muy modosas, en su momento en una Huesca algo anclada en el pasado fueron realmente impactantes.

  El largo episcopado de su antecesor don Lino Rodrigo, reviste curiosas similitudes con la novela de Gabriel Miró el Obispo leproso. En sus inicios don Lino y el obispo de la novela ejercen casi como autoridades civiles, y si al personaje de Miró le consultan hasta la conveniencia del baile agarrado en el casino, a don Lino no le importó prohibir la famosa película Gilda, lo que motivo masivas peregrinaciones a los cines de Zaragoza, o mediar en la tasación de la altura de las faldas de las joteras para evitar el escándalo de sus folclóricos calzones. Pero con el paso del tiempo la enfermedad se ensaña con los dos obispos, tanto con el real como con el de ficción, y los personajes se van diluyendo hasta desaparecer en favor de sus cortes de funcionarios eclesiásticos. Aunque parezca mentira yo jamás conocí a don Lino Rodrigo en persona, ni siquiera el día de mi confirmación, pero sabía de su existencia por la imponente presencia del palacio episcopal enfrente de la catedral, de su coche negro con unos visillos blancos que impedían ver el interior y por sus pastorales que se leían todos los domingos en la iglesias o incluso se publicaban en el periódico Nueva España. En ese vacío dejado por la paulatina desaparición de la vida pública de don Lino Rodrigo se erigió desde el púlpito de la Basílica de San Lorenzo don Damián Iguacel como pastor de los huérfanos diocesanos y a finales de los años setenta toda la ciudad esperaba saludar más tarde o más temprano a don Damián como obispo de Huesca. Por eso sorprendió tanto el nombramiento de don Javier Osés, un navarro al que nadie conocía, y por eso chocó tanto que el nuevo obispo abandonara el Seat 1500 por un discreto Citroen Diane, que él mismo conduciría, o que se fuera a vivir a un modesto piso, o que pasara las nochebuenas en la cárcel acompañando a los presos, o que sostuviera agrias polémicas en la prensa nacional con gentes allegadas a la política. A pesar de que no se le recibió con cariño, si se le consideró desde el primer momento como una persona inteligente y preparada, y de hecho se pensó que su estancia en Huesca sería breve hasta que fuera llamado a más altas magistraturas, llamado que nunca se produjo. ¿Por qué don Javier Osés no fue promovido a más altas responsabilidades? Me van a permitir que deje este interrogante en el aire, por si don Pablo o alguno de los demás contertulios nos lo pueden aclarar.

  Leyendo las documentadas páginas de este libro que tan acertadamente ha escrito don Pablo Martín, podrán constatar como don Javier Osés supo ganarse rápidamente el aprecio de los oscenses. También podrán admirar la ingente y comprometida labor pastoral de su fecundo episcopado, desarrollado en los difíciles pero también apasionantes tiempos de cambio de finales del siglo XX.

  Si don Javier llegó a Huesca despertando pocas simpatías y casi como un ave de paso, después de un fecundo episcopado de más de treinta años murió en Huesca rodeado del cariño de sus fieles diocesanos y del respeto y la admiración de todos los oscenses. Creo que esta ha sido la mejor prueba de su compromiso.

José Mª Nasarre

  Buenas tardes. Gracias por la presencia a todos Vds. quienes han venido a este acto de presentación en Madrid del libro de Javier Osés. Un obispo en tiempos de cambio.

  Saludo a quienes están en esta mesa y agradezco su esfuerzo por participar en este acto y de una manera especial quiero resaltar el interés y trabajo de Feliciano Llanas, presidente de la Asociación Cultural “Conde de Aranda” que ha hecho posible la realización del mismo.

  En la convocatoria de ayudas a la investigación sobre temas aragoneses que anualmente convoca el Instituto de Estudios Altoaragoneses, I.E.A., perteneciente a la Diputación Provincial de Huesca y vinculado al C.S.I.C. se presentó en 2003 entre otros el Dr. Pablo MARTÍN DE SANTA OLALLA SALUDES con el proyecto de una biografía sobre el obispo Javier Osés. En la sesión de trabajo para seleccionar los proyectos presentados en los distintos ámbitos científicos, en la sección de historia fue seleccionado entre otros el diseño de esta biografía. Estaba bien fundamentado, respondía a un planteamiento científico, el candidato tenía ya trayectoria probada de trabajos de consistencia además de su tesis doctoral y el Dr. Javier María Donézar catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Madrid que le avalaba incrementaba la garantía de una posible investigación consistente.

  Junto a esto se unía el hecho de que el tema propuesto estaba de lleno dentro de las bases y líneas de la convocatoria del I.E.A., era un tema altoaragonés porque la persona y acción humana y pastoral de D. Javier Osés había marcado  un fecundo periodo de 32 años en la diócesis de Huesca, donde aun después de su fallecimiento en octubre de 2001, la gente seguía recordando y admirando a su obispo D. Javier.

  Su buen hacer, además, había tenido reconocimientos permanentes en la gente sencilla y también en las instituciones públicas, la Medalla a los Valores Humanos el día de S. Jorge patrono de Aragón en 2001 y también en ese año hijo adoptivo de Huesca concedido por el Ayuntamiento de la ciudad en junio.

  El autor  del libro comenzó a trabajar tras la concesión de la ayuda pero otras demandas le separaron de esta investigación lo que le llevó a renunciar a la ayuda concedida.

  De nuevo se presentó a la convocatoria del IEA de 2005 y contando con el trabajo que ya tenía iniciado, con la calidad del proyecto de investigación y el interés que para el Altoaragón iba a tener este trabajo se optó por aceptar su solicitud. Cumpliendo los plazos previstos en octubre de 2006 presentó el trabajo perfectamente concluido y tras la revisión y evaluación del mismo los responsables del Instituto vieron, vimos, la conveniencia de publicar este trabajo, es el libro que tenemos entre nosotros.

  En Huesca se presentó en la Feria del Libro de junio pasado con una masiva afluencia de gente y ya llegados a este momento, agotada la primera edición se ha vuelto a realizar la reimpresión.

  Felicitamos a su autor, Pablo Martín de Santa Olalla por el rigor de esta investigación y creemos que este libro, que presenta y resume la persona y pensamiento de Javier Osés puede servir de ayuda y referente no sólo para la gente de Huesca sino también para buen número de personas  que desde planteamientos humanos, sociales y cristianos se plantean interrogantes y compromisos en la vida.

Muchas gracias

 

Javier Donezar

  Debo comenzar señalando que es para mí un honor haber sido invitado a estar hoy aquí con ustedes en este acto. Doy las gracias a D. Fernando Alvira Banzo y a D. Feliciano Llanas Vázquez.

  En la lápida de la sepultura de D. Javier Osés, en la Catedral de Huesca está escrito: “Pasó haciendo el bien” (“transiit benefaciendo”). Y Pablo Martín de Santa Olalla se ha encargado en esta obra de relatar su “mostrad cómo” con la precisión del notario. Martín de Santaolalla, al que conozco hace tiempo, es un historiador “a la antigua”, esto es, rigurosamente sustentado en las fuentes que utiliza. Y que con “atrevimiento” ha optado en estos años por abordar asuntos que, en general, suelen moverse entre unos límites competencialmente ambiguos como son los referentes a las relaciones Iglesia-Estado en la segunda mitad de siglo XX, y señalo esto porque se corre el riesgo de una posible doble incomprensión: la de los historiadores eclesiásticos porque un seglar se ha atrevido a diseccionar cuestiones turbulentas y la incomprensión de los historiadores seglares… por lo mismo.

  Esta biografía de monseñor Osés habría que catalogarla entre las que Jesús Pabón calificó de “externas”, esto es, trazada “por líneas exteriores, a base de las realidades –cuestiones- públicas que el personaje vivió”. Pero hay que matizar que la biografía “externa” no elude tratar otros asuntos como la salud, la vida privada o los pensamientos del personaje, pero el trazado –la línea maestra- atiende a las cuestiones públicas en las que participó el biografiado.

  Por otra parte, todo estudio que se precie sobre Historia de la Cultura debe integrar necesariamente el estudio “del hecho religioso” de los individuos; y hacerlo no es, ni más ni menos, que profundizar en la creencia de las personas y  ver cómo su influencia dirige o condiciona su actuación en la vida social. En este sentido D. Javier Osés fue un gran protagonista para entender la Historia de la Iglesia reciente.

  El autor a lo largo del libro ha sabido perfectamente entrelazar el pensamiento y la acción de D. Javier de modo que al final se concluye que fue un “contemplativo en la acción”, de acuerdo con Ignacio de Loyola. Por otra parte, y gracias al cariño y el tacto con que va escribiendo las páginas Martín de Santaolalla podemos ir vislumbrando la personalidad de Osés, sus quereres e ilusiones. Quizás alguien pueda decir que el autor no ha entrado en su pensamiento teológico o que no ha profundizado en su carisma, pero considero que tampoco es cosa de exigir a un investigador, que se ha comprometido a ordenar los hechos históricos de su personaje dentro de una causalidad, que también  entienda en comparaciones con la doctrina de un Karl Rahner.

 Conocí a D. Javier Osés muy al principio de los años sesenta: alto, de muy buena “facha” (que se dice en Navarra), con el pelo cortado a cepillo y una voz de locutor de radio; fue de los primeros que se sirvió del clergyman, cuestión nada baladí en esos años. Incidiendo en esto me acuerdo de verlo andar con una prestancia total por  la girola de la Catedral de Pamplona con su esclavina roja de canónigo.

  Y nos habló de sus tiempos del gran Seminario de Pamplona rematado con una gran cruz del arquitecto Eusa; de la Pamplona de los años cuarenta, fría y conventual, pero llena del ardor católico de un D. Marcelino Olaechea y Loizaga de  juventud de Acción Católica (y del himno que empezaba: “Juventudes Católicas de España…”) y de las primeras Javieradas…, y de que tres o cuatro años antes (final de los años cincuenta) como consiliario de la Juventud de Acción Católica había empezado a organizar el nuevo impulso de la JEC con los primeros universitarios de Humanidades y Derecho del todavía Estudio General de Navarra (luego Universidad de Navarra).

  Para entender el sustrato de la personalidad de Osés hay que tener también en cuenta que era de Tafalla, o lugar de paso o encuentro entre lo meridional mediterráneo y lo septentrional atlántico, o entre lo boscoso de los vascones y la agricultura del cereal, de la viña y el olivo. Lo cual puede traducirse en una personalidad que se regía por el “in medio est virtus”. Y como navarro por la frase: “largo en hacello y corto en contallo”.

  Leyendo en el libro la relación de  atenciones a sus diocesanos de Huesca, de ese estar presente en los pequeños pueblos, en sus fiestas y celebraciones y en sus tristezas, creo poder decir que el leit-motiv de la actuación concreta de Osés fue la atención a las “personas” –los hombres y mujeres concretos- porque las veía como imagen y producto de Dios. Al P. Arrupe, estamos celebrando el centenario de su nacimiento, le preguntaron cuál era su “hobby” y respondió: “Mi “hobby” es tratar con los hombres” porque Dios se manifestaba a través de las personas. Lo mismo podríamos decir de D. Javier Osés.

  Me atrevo a vislumbrar a un Osés como profesor del Seminario de Pamplona en esos años sesenta del Concilio Vaticano II asimilando la concepción de la “persona” desde el humanismo cristiano y explicándola. Era una explicación de la “persona” –individuo “abierto al otro y que progresa como tal persona a medida que se sigue abriendo a los demás”- que estaba en estrecha conexión con el pensamiento, entonces considerado “avanzado” y semiperseguido -o “no visto bien”- de un Teilhard de Chardin, de un De Lubac, de un Mounier, de un Blondel o Maritain, o del mismo Eric Fromm. Y era el concepto de “persona” cuya dignidad se sustentaba en la libertad que se manifestaba en la Encíclica “Pacem in terris” de Juan XXIII.

  Ahora podemos darnos cuenta de cómo esta Encíclica fue sustancial para entender el cambió de rumbo de los cristianos de España, y su salida a la superficie, porque consideraba que también era una obligación “cristiana” participar en la política. Pocos historiadores todavía se han atrevido a evaluar su importancia para entender la inmediata Transición, incluida la formación de los primeros partidos políticos; pocos han examinado el lenguaje de aquellos panfletos marxistas o trotskistas llenos de reminiscencias evangélicas.

  Por otra parte, las conclusiones del Vaticano II anunciaban una nueva Iglesia en todos los sentidos –incluídos sus signos visibles: la nueva liturgia con las nuevas músicas o la adaptación de los templos con su destrozo del patrimonio artístico incorporado-. Todo ello tuvo un  resultado cuasi devastador en los Seminarios y casas de formación del clero regular. En el de Pamplona la “movida” fue total: curas obreros, seminaristas vinculados a ETA o que abandonaban los estudios eclesiásticos, curas presos en la cárcel de Zamora, mientras estaban en pleno auge las huelgas de Bandas o de Sefanitro en Bilbao o la de Potasas en Navarra. Y Osés pudo ver cómo en su Seminario nacía la ORT.

  Y con ese bagaje llegó a la diócesis de Huesca, a una considerada “diócesis rural” y sin problemas. Y allí se dispuso a poner en práctica el Vaticano II y a hacer la Transición del Antiguo Régimen de la Iglesia al Nuevo; y ello con todas las dichas y desdichas que acumula el dirigente de toda transición por tener que buscar un cauce por el que transcurra sin demasiadas alteraciones lo viejo y lo nuevo. Yo diría que por esforzarse en tal cometido… no fue promocionado en el “cursus honorum” de la Iglesia. Y con ello salieron ganando sus diocesanos de Huesca.

  Se propuso desde el primer momento “evangelizar”, a comunicar la buena nueva, y así comenzó a viajar por los pueblos y a  relatar a sus diocesanos las novedades de la Iglesia. Y a dejar esa iglesia ensotanada y oscura para dialogar y hacer participar a su clero conviviendo con él o convocando Consejos y Asambleas Diocesanas.

  Escribió Ignacio Ellacuría que “ las nuevas realidades plantean nuevas exigencias; (…) no se trata de abandonar el pasado y sostener que cualquier pasado fue peor; pero tampoco se trata de repetir el pasado con pequeñas acomodaciones al presente… como si el presente actual de la humanidad (…) fuera tan sólo una pequeña novedad…”   

  Pienso que no fue un hombre de izquierdas, como de él se dijo y se ha dicho. No fue ni de izquierdas ni de derechas sino que amó la justicia como garante de los derechos humanos dentro de la Doctrina social de la Iglesia. Y una vez que optó por vivir radicalmente la fe, lanzó la buena nueva de que “la Iglesia de Huesca debía identificarse con los pobres”.

  Por eso, yo diría que, más bien, fue todo un “adelantado”. Ese personaje de la Historia, que por gozar de la confianza del rey, éste le encomendaba conquistar nuevas tierras al frente de un puñado de hombres. Evidentemente, ni el rey sabía a dónde le enviaba ni el adelantado sabía con qué dificultades se iba a encontrar porque todo era nuevo. Y, al final, la práctica diaria del adelantado consistía en tener que rectificar continuamente sobre el terreno. De ahí que sus métodos de acción resultaran no pocas veces poco ortodoxos para los ortodoxos detentadores de la doctrina.

  Osés se encontró con el peligro inicial de ser tachado de “ingenuo” por los más avezados nada más ponerse manos a la obra. ¿Por qué ese afán de contar continuamente con la gente, de ir relatando diariamente, con luz y taquígrafos, los concretos pasos de la modernización de la diócesis? Decididamente, no eran esos los pasos que más gustaban a la Conferencia Episcopal  o a la Curia de Roma.

  Porque una cosa era la necesidad teórica de un “aggiornamento” de la Iglesia que los padres conciliares habían defendido, y otra era poner dicho “aggiornamento” en práctica con rapidez y sin perder tiempo. Para esto último la Iglesia institucional no estaba preparada o no pretendía ponerse manos a la obra de la noche a la mañana.

  Osés fue fuerte, mentalmente fuerte. En algunos escritos se vislumbra el cansancio del “hombre bueno”; porque para ser “bueno” además hace falta mucho aguante y un no importar las generales críticas de una sociedad para la que ser “bueno” es igual a no ser listo, o a no enterarse supuestamente de nada. Y además eso de acabar el día con la “intima satisfacción del deber cumplido” está bien, pero no me negarán que resulta mentalmente agotador.

  Y nada más, me he alargado un poco. Lo que acabo de señalar no son más que unas reflexiones a vuela pluma al hilo de la lectura de este libro que hoy estamos presentando. Creo que es un libro que acerca al lector la humanidad de monseñor Osés, a la vez que la resalta.

  Doy mi enhorabuena a Pablo Martín de Santa Olalla y al director del Instituto de Estudios Altoaragoneses y al presidente de la Asociación Cultural Conde de Aranda por haber promovido su publicación.

Gracias.

 

Benjamín Forcano

EL OBISPO JAVIER OSES ANTE EL CAMBIO COMO DESAFÍO

  Me parece un acierto que el autor haya escogido como título de su libro:  “JAVIER OSES , Un obispo en tiempos de cambio”.

  No hay duda de que la vida del obispo Javier presenta muchas caras.  El autor Pablo Martín las proyecta a través de un estudio  sobre su rico  e intenso itinerario episcopal. Son 32 años,  casi la mitad de su vida.

  Pero la vida de cada persona acontece en un contexto histórico, que le influye y sobre el que influye. Entre esas caras de Javier, me atrevería a destacar una que inspira y cohesiona  a las demás: El cambio, el cambio  como desafío.

  Ante el cambio, podemos situarnos de diversas maneras y podemos interpretarlo también de diversas maneras.  Lo mismo que el tema de la pobreza. Ante ella las actitudes pueden ser distintas y las interpretaciones también,  y lo que sí es cierto es que nuestra actitud ante ella marcará al fín nuestra actitud ante Dios. Una primera reacción ante la pobreza es el conmoverse, indignarse y trabajar para abolirla.  Pero puede  uno a cercarse a ella con una actitud asistencialista, productivística o transformadora. Y según sea la actitud, será el modo de actuar. D. Pedro Casaldáliga, por ejemplo, se acercó  a ella  con una actitud transformadora considerando a los pobres como  constructores de una nueva sociedad e hizo de ella la opción central de su vida.     

  ¿Cuál fue la reacción, la interpretación y el compromiso de  Javier Osés ante el cambio?  ¿Y por qué hizo de él preocupación central de su vida?

  Pablo Martín recoge una entrevista que el diario local Nueva  España le hizo al  llegar a Huesca. “En este momento, contestó el obispo, estamos descubriendo una Iglesia mucho más servidora de los hombres y del mundo y que quiere ser más auténtica y evangélica. En este mundo nuestro, tan a todas luces distinto, no sería auténtica si respondiese con los modos y categorías de la  Iglesia anterior” .

  Y en el día de su consagración episcopal  dijo: “Quiero que me ayudéis, vosotros, seglares, para que nuestra pastoral se vaya desclericalizando  y haciéndose pastoral del pueblo de Dios. Y no me sentiría satisfecho si no llegase a dialogar  y hasta una verdadera amistad con todos los que, por las razones que sean, estáis alejados  y aun resentidos contra la Iglesia”.

  EL 4 de diciembre de 1973, en unas jornadas, dijo: “Me duele cuando los sacerdotes  anunciamos un Evangelio  de casi sola conservación y tenemos miedo a anunciar y vivir este Evangelio; me duele cuando olvidamos  el Vaticano II y las enseñanzas actuales de  la Iglesia”.

  En el terreno político, especialmente difícil para el cambio,  se pronunciaba con estas palabras:  “Jesús no fue neutral ante las  situaciones  del dinero y la riqueza, de grupos religiosos de presión, de nacionalistas  a ultranza con lo religioso, de los pobres y pecadores; y la Iglesia tampoco puede ser neutral. Como Jesús,  debe optar  por la verdad y la justicia,  es decir, por los débiles y marginados y debe denunciar a quienes avasallan y dominan. El Evangelio no da un modelo político ya hecho. Por tanto, habrá que elegir algún modelo de sociedad, lo cual es lo mismo que decir que habrá que hacer una opción política.  Y, para ello, deberán oírse todos y respetarse, sin olvidar que nunca una opción política  está en la total verdad , por lo que no se podrá  decir que quienes no sean de mi partido están en el total error”.

  Evoco ahora algunos  momentos en los que Javier Osés  demostró una apuesta decidida por  el cambio.

1. El  primero fue a  raíz de la creación de la “Asociación de Teólogos Juan XXII”.

Una de las principales de las actividades de esta Asociación fue la de convocar anualmente los Congresos de  Teología. Digo Congresos, porque en el septiembre pasado hemos celebrado el vigésimo séptimo: el  ¡veintisiete!, con una asistencia siempre superior a las mil personas y que en algunos años  ha rozado las dos mil personas.  Pues bien, al poco, los Congresos suscitaron recelo y miedo en la Jerarquía,  que se convirtió pronto en voluntad de controlarlos o hacerlos desaparecer. No se pudo, pero se dio consigna a los obispos de no asistir.  Se hizo pública la amenaza de que los Congresos tenían los días contados.

  A pesar de la consigna,  Javier Osés y Alberto Iniesta fueron dos obispos que no faltaron y asistieron durante  varios años con ejemplar y aplaudida coherencia.  Recuerdo estas palabras de Alberto: “¡Cuánto daría porque  muchos de los obispos pudieran estar aquí y observar y vivir en directo la dignidad, el rigor y la vivencia cristiana de estos Congresos!”.

  Y Javier Osés me comentaba : “¡Qué pena, las barreras que crea el miedo y el prejuicio! Son bastantes los obispos que me llaman y me dicen: Tú, Javier sigue,  no falles. Otros muchos no nos atrevemos. Es por miedo”.

  Y es que los Congresos habían surgido con la voluntad y objetivo de  llevar a cabo los cambios introducidos por el Vaticano II. Javier Osés quiso testimoniar como obispo que él se sumaba a esta voluntad, aunque no fuera  secundada  por la mayoría de de los obispos.

2. Javier era obispo, pero no por serlo se creía saberlo todo, o estar impuesto en todas  las disciplinas eclesiásticas y civiles. El comulgaba con aquellas palabras que Pedro Casaldáliga nos hizo llegar  a uno de los Congresos de Teología:  Yo os pido, teólogos y teólogas, que sigáis ayudándonos. Con mucha frecuencia los obispos creemos que tenemos la razón, normalmente creemos que la tenemos  siempre, lo que pasa es que no siempre tenemos la verdad, sobre todo la verdad teológica, de modo que os pido que no nos dejéis en una especie de dogmática ignorancia .

  Javier sabía leer lo más nuevo,  asesorarse, estar al día. Nunca olvidaré la invitación que nos hizo, a mí como moralista y a otro compañero como pastoralista juvenil, para estudiar y programar temas de estas especialidades en su diócesis. Toda una semana. Pero, lo más significativo del caso  es que D. Javier estaba allí  como un participante más , escuchando,  preguntando o tomando notas con  toda sencillez.

3. En junio del 79, le hicimos una entrevista para la revista Misión Abierta. A nuestra pregunta de “Cuál va a ser el nuevo frente de la Iglesia Española en la nueva situación”, respondió: “Hemos de educar  para descubrir las llamadas de Dios y las manifestaciones de los valores evangélicos que van actuando en el interior  mismo de los movimientos  de nuestro tiempo y de nuestra historia.

  Hemos de educar para vivir inmersos en el mundo, a su escucha, en comunión profunda con sus aspiraciones, y, también, para saber leer y discernir  las interpelaciones que solicitan nuestra conversión y compromiso.

  Es cierto que a todos estos signos  hay que respetarles su autonomía profana, pero el Reino, siendo trascendente, se encarna en ellos  y en ellos se va haciendo perceptible  para la fe del creyente. Cuando observamos en nuestro mundo tantas aspiraciones de paz, deseos de justicia, igualdad, promoción, libertad, etc., no podemos decir , sin más, que el Reino ya ha llegado, pero sí podemos afirmar que ahí descubrimos  unos signos que nos comprometen en su venida.

  La Iglesia debe educar a los cristianos  para que descubran  que la promoción de los  derechos humanos  es requerida por el Evangelio y que es algo esencial en la misión de la Iglesia. Este es el signo que hoy puede hacer más creíble a la Iglesia. Y para que los derechos humanos sean respetados  debemos educar también  para el cambio estructural”  (Misión Abierta, 3-1979-junio, págs. 21-22).

  Con razón, 8 años más tarde, en la misma revista, le preguntábamos:

- ¿Experimenta Vd. que hay divisiones en la Iglesia? ¿Por  qué y con qué repercusiones?

  Su respuesta fue :  “Las divisiones las toco y las vivo. Y proceden de una contraposición de la vida cristiana como expresión de lo meramente cultual y la dedicación  a la sola justicia y solución de los  problemas del hombre. En ambas posturas lo que hay es  una interpretación dualista  del ser del hombre, como si la gracia  y lo sobrenatural no tuvieran que ver nada, o poco, con la vida de los hombres.

  Esta división que se manifiesta en la vida de la Iglesia  con grados muy diversos es el origen de otras muchas divisiones (Misión Abierta, 2-1987-abril, págs. 17-19).

  No hay duda de que, para Javier Osés, está aquí una de las claves del retraso e incredibilidad de  la Iglesia: empeñarse en anunciar un cristianismo que no asume lo humano o va contra él. Es el paralelismo histórico, de siglos, convertido en dualismo, que pretendió establecer  un reinado de lo cristiano, como sociedad perfecta, al margen de lo humano o con lo humano subordinado.

  En este sentido, coincidió con el diagnóstico que hiciera Theillard de Chardin: “La escisión entre lo humano y lo cristiano es el cisma más grave que amenaza hoy a la Iglesia”.

  Cualquiera que conozca un poco la historia puede tener claras algunas cosas: la Iglesia ha venido guiándose por una manera de entender el cristianismo que se remonta a siglos anteriores. Determinante ha sido para ella la impronta y configuración del concilio de Trento. Nos moldeó hasta nuestros días. Con él,  la Iglesia avanzó en los tiempos modernos a la defensiva, todo lo nuevo  -fuera en el campo religioso o secular-,   le resultaba sospechoso cuando no nocivo. La oposición y la distancia entre la sociedad moderna y la Iglesia se fue ahondado hasta límites extremos.

  El Vaticano II puso fin, al menos teóricamente, a este distanciamiento; los múltiples estudios y  avances en el terreno científico y eclesiástico habían modificado profundamente las percepciones y  hábitos de la  conciencia  eclesial.

Entiendo perfectamente que D. Javier escribiera: “Hemos de saber discernir  lasinterpelaciones del mundo, que nos exigen una conversión”.

  El Vaticano II no pudo ser más claro: “La humanidad se encuentra hoy  en una nueva era  de su historia, caracterizada por cambios profundos y acelerados, que progresivamente se extienden al mundo entero. Estos cambios nacidos de la inteligencia y del trabajo del hombre, vuelven a incidir sobre el hombre, sobre sus juicios y deseos, individuales y colectivos; sobre su modo de pensar y reaccionar ante las cosas y los hombres. De ahí que podamos hoy hablar  de una auténtica transformación social y cultural, que influye también en su vida religiosa (GS, 4).

  Según el Vaticano II, hemos pasado   de una concepción  estática de la realidad a otra más dinámica, el cambio de mentalidad y estructuras reclama una revisión de todo lo que hasta  ahora se consideraba un bien,  las instituciones, las leyes, el modo de pensar  y sentir heredados del pasado  ya no siempre parecen adaptarse  bien el estado actual de cosas” ( GS, 5-7).

  Este es el tema. Y es el que está en la raíz de todas las divisiones de la Iglesia.

  Porque cambiar es admitir que muchas cosas no pueden seguir como antes, que  han comenzado a ser  vistas y entendidas de otra manera y, lógicamente, requieren una nueva actitud y comportamiento.  No se puede admitir, como por tanto tiempo hemos sostenido, que la Iglesia católica es la única depositaria de la salvación; que la Iglesia  es una sociedad de desiguales; que la sociedad de clases  es un efecto de la voluntad divina; que el matrimonio es una comunidad procreativa y no una comunidad íntima de vida y amor; que  la libertad religiosa es un delirio y no un derecho de la persona;  que las realidades terrenas están subordinadas a la fe y no tienen  una autonomía propia;  que ser socialista y católico a la vez no es posible; que Jesús de Nazaret fue neutral ante la política; etc., etc.

  ¡Por el cambio o contra el cambio! Un desafío que sustenta todas las divisiones de las Iglesia.

- Por el cambio, progresistas; contra el cambio, conservadores.
- Por el cambio,  protagonistas de una historia inacabada; contra el cambio, meros repetidores de la historia.
- Por el cambio, la realidad humana es dinámica y evolutiva y  la comprensión de ella lo es también; contra el cambio, el conocimiento del pasado es definitivo y basta con atenerse a él.
- Por el cambio, la hermenéutica bíblica y teológica son progresivas y presentan cada vez mejores paradigmas de  cristología, de eclesiología, de  moral, de  liturgia, de  pastoral; contra el cambio, la interpretación bíblico teológica del pasado es perfecta, y sobran las nuevas interpretaciones y  adaptaciones.

  Tras la  postura de a favor o en contra del cambio está la clave que descifra el antagonismo pluriforme de la sociedad y de la iglesia. No se trata de posiciones de mayor o menor virtud, sino de posiciones de pensamiento abierto o cerrado, de creatividad o de repetición. Y el espectáculo está vivo en el momento presente: los que aceptan el Vaticano II y miran al futuro; y los que añoran el concilio de Trento y añoran el  pasado.

  Por el cambio, pues

- El  pasado es el modelo de la desigualdad, del poder absoluto,  de las estructuras injustas, del monopolio y  privilegios de unas minorías,  de la obediencia ciega,  de las relaciones de  dominación y beneficio.
- El presente es el modelo de la igualdad, de la democracia, de un ordenamiento jurídico acorde con la dignidad y  derechos humanos, del control democrático y reparto equitativo, de la obediencia responsable, de las relaciones justas orientadas a satisfacer las necesidades básicas de todos.

  No se trata, por tanto, del cambio por el cambio, sino del cambio para conseguir  el bien, desarrollo y felicidad de todos, tal como lo exige la misma y universal dignidad humana. El cambio se va haciendo en la medida en  que la mente y ética humanas desechan modelos del pasado que no se adecuan a lo exigido por esa nueva conciencia de dignidad, igualdad, justicia y libertad universales.

  Considero profundas y exactas  estas palabras de  Javier Osés:  “Con nuestras divisiones no servimos al hombre como merece y como Dios quiere. En este mundo nuestro, tan a todas luces distinto, la Iglesia no sería auténtica si respondiese como los modos y categorías de la Iglesia anterior”. (Misión Abierta, Abril, 1987, p. 19).

 Mensaje de plena actualidad, propio de un obispo en tiempos de cambio.

Gracias.

 

Pablo Martín de Santa Olalla Saludes

JAVIER OSÉS. UN OBISPO EN TIEMPOS DE CAMBIO.

  Quiero agradecer, antes de comenzar mi intervención, la presencia hoy aquí de dos familiares de Don José María Conget, Obispo ya fallecido de la diócesis de Jaca y hombre que compartió con Javier Osés sus últimos momentos de vida en la Clínica de la Universidad de Navarra. Situados en sus dos respectivas habitaciones, a las que por cierto tan sólo le separaba una pared, el intercambio constante de notas y mensajes entre ambos pusieron de manifiesto no sólo una intensa fe en el Dios que ellos tanto habían predicado, sino la extraordinaria solidez de una amistad que se remontaba a los tiempos de juventud de ambos. Por tanto, quiero que este acto de presentación del libro sobre Don Javier Osés, que quise concebir como un homenaje a su persona, se convierta, por tanto, en un homenaje también a la persona de Don José María Conget.

  Hecho este necesario reconocimiento, me gustaría manifestar, en primer lugar, el mayor de los agradecimientos a las personas que me han precedido en esta presentación:

  A Don Feliciano Llanas, Presidente de la Asociación Cultural Conde de Aranda, asociación a la que más adelante haré referencia, por sus amables palabras de presentación y por su total disponibilidad para la organización del acto que hoy celebramos.

  A Don José María Nasarre, sacerdote y hombre también perteneciente a la universidad, con quien he ido estrechando lazos en los últimos tiempos hasta trabar una sincera y franca amistad en la que él ha actuado siempre de manera muy generosa para conmigo.

  A Don Javier Donézar, Catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, persona muy entrañable para mí, y quien, además de docente mío en los tiempos que estudiaba la licenciatura de Historia, presidió el tribunal que hubo de juzgar mi tesis doctoral.

  Y a Don Benjamín Forcano, también sacerdote y representante destacado de la Asociación de Teólogos Juan XXIII, de cuyos congresos fue Javier Osés un animador permanente.

  Desde el punto de vista institucional, y en segundo lugar, además del preceptivo agradecimiento a la Asociación de la Prensa por habernos dado cabida en su sede, quiero tener una especial mención hacia:

  El Instituto de Estudios Altoaragoneses, representado hoy no sólo en la persona de su Director del Área de Historia (Don José María Nasarre), sino también en la de su muy eficiente y profesional Secretaría General, Doña Pilar Alcalde Arántegui. Al inicio de mi obra dejo ya constancia de cuán agradecido estoy al Instituto de Estudios Altoaragoneses, dirigido en este momento por el Profesor de la Universidad de Zaragoza Don Fernando Alvira Banzo, pero esta es una buena ocasión para recordar que su perseverancia a la hora de confiar en mi capacidad investigadora constituyó una de las claves de que este libro sea hoy una realidad.

  La Asociación Cultural Conde de Aranda, presidida por el ya citado Don Feliciano Llanas, que desde el primer momento manifestó el mayor de los entusiasmos por este acto y ha puesto a nuestra disposición todos sus medios, incluido un vino posterior a este acto que valoro especialmente porque, permítanme el comentario, uno de los mayores descubrimientos que ha llevado a cabo durante esta investigación es la calidad de los vinos del Somontano, en especial su variedad Enate. Aunque, ciertamente, Huesca cuenta con muchísimos atractivos más, pero comprenderán que no es el momento de entrar en ello.

  Y, en tercer lugar, desde el punto de vista personal, debo decir lo primero de todo que esta biografía sobre Don Javier Osés constituye el resultado de una suma de esfuerzos que resulta prácticamente inacabable: desde la aportación de Don Javier Azagra, Obispo emérito de Cartagena-Murcia y autor de unas palabras previas, hasta la contribución de muy diversas personas, pasando por el generoso prólogo de Don Fernando Alvira. En ese sentido, si hay alguien a quien debo atribuir que esta investigación fuera capaz de salir adelante en los momentos más difíciles, ese es, sin duda, Don José María Nasarre, hoy aquí presente.

  Especial mención merecen Mari Paz, Margarita y María Fernanda Osés. Particularmente Mari Paz, la fiel compañera de su hermano Javier durante casi treinta años, clave para muchos en el éxito personal de Don Javier. Hoy conozco ya a prácticamente todos los hermanos Osés, y puedo asegurar que todos ellos están hechos de esa misma extraordinaria textura humana que explica el cariño con el que tanta personas siguen recordando hoy a Javier Osés.

  Sin olvidar tanto a mis amigos como a mis compañeros, algunos de ellos presentes hoy en este acto, creo que debo reservar el lugar más importante a mis padres, Jaime y María José. Puede parecer mera retórica el decir que ellos han sido fundamentales para haber llegado al momento presente, pero no se trata de un puro formalismo. La realidad es que sin ellos hubiera sido sencillamente imposible que hoy estuviera presentando este libro. Por eso, tanto éste como todo lo que hecho hasta ahora, así como todo lo que haga en el futuro, quedará siempre dedicado a ellos por ese apoyo incondicional que tanta felicidad me ha proporcionado.

Gracias.