11 de octubre de 2005

Umbral glosa a José Bárcenas

La Asociación Conde de Aranda celebra sus tertulias en el Café Gijón. Allí nuestro amigo Pepe Bárcenas nos acoje tan amablemente que nos hace pensar que estamos en nuestra propia casa. Francisco Umbral le ha dedicado este cariñoso articulo.

Artículo


Los cafés de Madrid tienen cada uno su genealogía de camareros, que vienen de Galdós y luego saltan al otro sexo, porque no es que queden todavía señoritas camareras, en los sitios más céntricos, sino que las mujeres han hecho su toma y conquista de cualquier oficio y desde luego lo hacen mejor que los hombres. Pero esto no quiere decir que la camarera madrileña haya perdido el estilo, la gracia, el delantal, el alterne casto con los clientes y esa ternura femenina que disfruto de vez en cuando retirado a algún hospital de la provincia, como Montepríncipe, donde cojo directamente las naranjas de un cielo anaranjado y escribo estos artículos y otros.
Precisamente cuando me retiraba yo de los cafés céntricos de Sol y la Gran Vía, llegaba a ellos un camarero nuevo, joven, simpático, que tenía sonrisa de venir a la conquista de Madrid, esa sonrisa que todavía le dura, ingenua, al recién llegado en los primeros años. Digo Pepe Bárcenas, que gustaba a las clientas y era correcto con los clientes. Ahora, después de unos años, ya, en la profesión es un camarero modelo, simpático sin casticismo y laborioso sin matonismo. Tuvimos un corto tiempo de amistad literaria, pues Bárcenas es un escritor que debiera estar de este lado del mostrador, alternando con los grandes, con los pocos grandes que todavía quedan. Con los otros, con los particulares de las letras, con las flores naturales ya alterna en pie de igualdad. Uno ve llegar a un camarero nuevo y esto es conmovedor, para los profesionales del café, para los legitimistas del café con leche. Porque sabemos que el que viene a Madrid a un café trae seguramente más ambiciones, más sueños, más voluntad que los lañadores y todo el roperío menestral y artesano. Antes o después le presenta un libro al escritor profesional y le pide que se lo firme. Si el escritor no es muy borde, ahí empezará una buena amistad, como en Casablanca. Pepe Bárcenas no para de publicar libros y antologías, de organizar almuerzos literarios y todo eso que constituye una brillante vida literaria y que se le ocurre a uno que va desapareciendo, pues el escritor ha descubierto que la vida literaria se hace mejor en casa de la novia o en la piscina de Pedro J. Ramírez. Ha conocido uno numerosos camareros íntimos de la generación de posguerra y de otras anteriores. Camilo José Cela retrató muy bien, como era lo suyo, al camarero de café, y, César González-Ruano al botones. Los camareros no son carne ni pescado, aunque sirvan la carne y el pescado, excelentes, a los habitués del Gijón.
Hace tiempo que uno dejó de frecuentar estos escasos cafés, pero podría hacer un libro sobre mis almuerzos con camareros importantes, como el que hizo Pemán cuando le dejó viudo su viuda y le lanzó en plan maldito a decir la espantosa verdad. A Pepe Bárcenas lo veo mucho en actos literarios, algunos del Gijón. Está entre futbolista todavía joven y galán de antañazo que aún gusta a las mujeres. Ahora va a sacar un libro sobre ese café donde perdí o gané 10 años acanallados de mi vida. Bárcenas se está haciendo escrito de café a fuerza de servir cafés. César se hizo articulista a fuerza de escribir artículos. Bárcenas es el último joven literario a la conquista de Madrid. O a que Madrid le conquiste. Viene a ser lo mismo.