MUSEO NACIONAL DE CIENCIAS NATURALES (CSIC)
a las 20,30 horas
(entrada libre)
C/ José Gutiérrez Abascal, 2
28006 Madrid - Telf. 91 411 13 28
www.mncn.csic.es
CONFERENCIA
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Por
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NOTA PREVIAS
Luis Alcalá Martínez, natural de Albentosa (Teruel), 1959.
Doctor en Ciencias Geológicas (Paleontología), Universidad Complutense de Madrid (1992).
Vicedirector de Exposiciones y Programas Públicos del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC), produciendo las exposiciones Atapuerca: nuestros antecesores (Madrid y Burgos), Viviendo con volcanes (Madrid), Meteoritos: mensajes alienígenas (Madrid e itinerante), Olvidados por Noé (Madrid e itinerante), Dinosaurios de Morella (Madrid e itinerante), entre otras (1997-2002).
Conservador de Paleontología de Vertebrados, Prehistoria, Mineralogía y Petrología del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC), (1990-2002).
Vicepresidente de la Sociedad Española de Paleontología (desde 2000).
Director de excavaciones paleontológicas en la Fosa de Teruel y en Peninj (Tanzania) (desde 1991 y 1995, respectivamente).
Colaborador de la Fundación Conjunto Paleontológico de Teruel desde 1998.
Algo sobre el primer cuadrúpedo antediluviano:
el Megatherium americanum del Museo Nacional de Ciencias Naturales.

El elemento más valioso de la colección de Paleontología de Vertebrados, y posiblemente de todo el Museo Nacional de Ciencias Naturales, es el esqueleto completo que constituye el tipo -ejemplar único que se propone para representar a una nueva especie- de Megatherium americanum, un perezoso gigante sin representantes en la actualidad. Las piezas fósiles que constituyen el esqueleto fueron remitidas desde Luján (Argentina) hace dos siglos; en Madrid se presentó la primera reconstrucción y montaje de un vertebrado fósil en Europa y fue estudiado por Georges Cuvier, el precursor de la Paleontología como disciplina científica..
Colabora:
MUSEO NACIONAL DE CIENCIAS NATURALES (CSIC)

Resumen de la Conferencia de Luis Alcalá.
El Museo Nacional de Ciencias Naturales
El Museo Nacional de Ciencias Naturales es un organismo que pertenece al Consejo Superior de Investigaciones Científicas y por tanto está adscrito al Ministerio de Ciencia y Tecnología. Es el único museo nacional que no pertenece al Ministerio de Cultura. La faceta más conocida del Museo es la de sus exposiciones, estamos en una de ellas: "Historia de la Tierra y de la Vida". Además de esta exposición permanente tenemos otras dos: "El Ritmo de la Naturaleza" y "El Real Gabinete de Ciencias Naturales de Carlos III", esta última muestra como debió ser el germen de este Museo en el siglo XVIII, que es la época en la que llega el Megaterio y de la cual vamos a hablar a continuación. También tenemos un programa dinámico de exposiciones itinerantes que viajan por distintos museos de toda España. Complementando estas exposiciones realizamos una serie de programas públicos como talleres, museos de verano, o participaciones en ferias.
El área de Colecciones y Documentación del Museo Nacional de Ciencias Naturales reúne, con más de seis millones de ejemplares entre meteoritos, fósiles y todo tipo de animales, la mejor colección de Historia Natural de España. La parte de Botánica sólo la tenemos aquí en cuanto a sus fósiles, dado que a mediados del siglo XIX se desgajó de esta Institución el Jardín Botánico.
El Museo Nacional de Ciencias Naturales es uno de los centros más importantes de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, agrupa a más de cincuenta investigadores repartidos en cinco departamentos: Biodiversidad y Biología Evolutiva, Volcanología, Geología, Paleobiología y Ecología Evolutiva.
En definitiva estas son las tres columnas, las exposiciones, la conservación de colecciones y la investigación, sobre las que se asienta esta Institución.
Historia del Museo
El Museo Nacional de Ciencias Naturales nace en el año 1772, cuando el rey Carlos III tuvo a bien adquirir la colección de Franco Dávila, un ecuatoriano natural de Guayaquil, entonces Ecuador no existía como país y formaba parte del virreinato del Perú. Una vez realizada esta adquisición se abrió el Museo al público en 1776, en la calle Alcalá donde hoy está la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Allí compartieron casa el Real Gabinete de Historia Natural y la Academia de Bellas Artes. En 1815 este Real Gabinete cambió su denominación por la de Real Museo de Ciencias Naturales. A mediados del siglo XIX se desgajaron algunas de sus secciones, dando lugar a instituciones de nueva creación como: el Jardín Botánico, el Jardín Zoológico y el Museo Arqueológico Nacional, lo que supuso una importante división de sus colecciones. A finales del siglo XIX el Museo fue desahuciado de su sede de la Calle de Alcalá, y no se pudo instalar en el Palacio de Juan de Villanueva, actual Museo del Prado, tal como estaba previsto, pues definitivamente este gran edificio se convirtió en pinacoteca. El Museo se acomodó en los bajos del Museo Arqueológico pasando una época de muchas dificultades, hasta que a principios del siglo XX se trasladó a este edificio de 1867, que compartimos con la Escuela de Ingenieros Industriales.
La Real Instrucción
En el mismo año (1776) en que el Museo abre sus puertas al público, cabe señalar un importante acontecimiento, como es la proclamación de una instrucción que se circuló por orden del Rey a través del director del Real Gabinete de Historia Natural: "Instrucción hecha de orden del Rey nuestro Señor para virreyes, gobernadores, corregidores, alcaldes mayores e intendentes de provincias, de todos los dominios de su majestad para preparar y enviar a Madrid todas las producciones curiosas de la naturaleza que se encontrasen en las tierras y pueblos de sus distritos, a fin de que se colocasen en el Real Gabinete de Ciencias Naturales que su majestad ha establecido en esta corte para beneficio e instrucción pública".
A resultas de esta instrucción se empezaron a enviar desde distintos puntos de las posesiones españolas numerosos ejemplares curiosos, entre ellos cabe destacar huesos de grandes vertebrados, que en esa época se enviaban considerando que eran huesos de gigantes que habían existido en tiempos remotos.

Descubrimiento del Megaterio
Cuando en 1787 el fraile de origen argentino Manuel de Torres tuvo noticia de que en Río Luján, a unos 70 Km. de Buenos Aires, se habían encontrado restos de un gran vertebrado, inmediatamente lo puso en conocimiento del Marqués de Loreto, virrey gobernador del Río de la Plata. Le envió una muestra de los huesos y el virrey se interesó vivamente en su recuperación, para así cumplir con la instrucción real de Carlos III. Manuel de Torres acometió la excavación y recuperó los huesos que corresponden a este ejemplar que tenemos aquí. Le costó varios meses extraer los huesos porque ya en aquel tiempo se hizo con mucho cuidado. El propio Marqués de Loreto tomó mucho interés para que se recuperase el esqueleto entero, y se registrasen todos los datos disponibles. Requirieron los servicios de un dibujante para tomar las notas precisas, y los huesos que salían con una gran humedad se secaban en la propia residencia del virrey. Cuando los huesos ya estuvieron preparados se remitieron a España en 1788, fueron desembarcados en Galicia, y se transportaron en carreta con mucho cuidado para que no se deteriorasen. Cuando llegaron a Madrid se hizo cargo de ellos el Real Gabinete.
Situación de la Ciencia Paleontológica en el siglo XVIII, cuando el Megaterio llega a Madrid
En aquel tiempo, en el que España aún tenía mucha preponderancia en el mundo de la ciencia, en la paleontología se daban dos grandes controversias, una, el origen de las petrificaciones, y, otra, la existencia de gigantes. Estos dos grandes temas de debate estaban sobre todo en manos de religiosos y muy ligados a las enseñanzas que nos trasmitía la Biblia.
En el siglo XVIII se pensaba que las petrificaciones obedecían a algún tipo de jugo lapidífico, algún éter terrestre, algún tipo de proceso que había petrificado restos que en origen eran de seres vivos. Esto fue un gran avance, pues antes se pensaba que los fósiles eran representaciones casuales y que no correspondían realmente a seres que en algún tiempo pasado vivieron.
Se sigue al pie de la letra las enseñanzas de la Biblia, cuando reconoce la existencia de gigantes antes del Diluvio. En aquella época no se tenía ninguna noción de que pudieran existir animales que hubiesen vivido en otros momentos de la historia de la tierra, y de los cuales no hubiera representantes actuales. Cuando se encontraban restos de animales como elefantes o este Megaterio, se decía que eran restos de los gigantes bíblicos. Este era el debate global, y en España este debate estaba liderado por el benedictino fray Benito Jerónimo Feijoo y el franciscano José Torrubia. Estos religiosos realizaban sus investigaciones en Concud, uno de los yacimientos más importantes de esos tiempos y de la actualidad, situado a 6 Km. de Teruel. Con respecto al origen de las petrificaciones Feijoo decía que obedecían a huesos de animales que murieron en el pasado. Torrubia también estaba de acuerdo y afirmaba: "Los que parecen huesos también lo son sin controversia". Se estaba aceptando que los huesos pertenecían a animales que vivieron en otras épocas. Con respecto a la existencia de gigantes Feijoo y Torrubia no coincidían. Feijoo estudia los huesos de Concud y reconoce huesos de caballos y de humanos. Esto último era totalmente imposible, puesto que el yacimiento se formó muchos millones de años antes de que apareciera el genero humano. Evidentemente confundió los restos humanos con los de otros animales, pero descartó que pudieran existir gigantes, al ser estos huesos de tallas semejantes a las de los humanos actuales. Torrubia estaba en desacuerdo con Feijoo, reivindicando la existencia de gigantes cuando se refiere a los fósiles (grandes vertebrados) de los animales que venían de América.
El Megaterio llega a Madrid, Primeros estudios científicos
Cuando llega el Megaterio a Madrid, el dibujante y preparador del Museo Juan Bautista Bru, lo monta completamente. Finalizada su tarea en 1793, queda en evidencia que no podía tratarse de un ser humano gigante. Según Bru iba montando el esqueleto dibujó unas magnificas láminas (Luis Alcalá muestra los originales) con la idea de presentar este animal a la comunidad científica, también escribe una memoria con una minuciosa descripción de los huesos de este animal. Bru no consigue publicar su memoria, pero mientras tanto se ha conocido la noticia y varias personas acceden al Real Gabinete y pueden ver el Megaterio. Una de estas personas es un agregado comercial de Estados Unidos, quien hace un dibujo y se lo envía a Thomas Jefferson. El tercer presidente de Estados Unidos era paleontólogo, no de formación académica, pero sí era un hombre muy interesado en la ciencia, y promovía investigaciones de los fósiles que encontraba en Norteamérica. Cuando Jefferson recibe el dibujo del Megaterio era embajador en Francia, y lo guardó sin darle demasiada importancia (hoy en día se conserva en EEUU). También tuvo acceso al Megaterio un representante del gobierno francés en Santo Domingo, Monsieur Roume, quien pudo ver las pruebas de las planchas que había hecho Bru, y se las llevó al Instituto de Francia, llegando a manos de Georges Cuvier, gran científico, considerado como el fundador de la Paleontología moderna. Cuando Cuvier recibe estas láminas, se da cuenta inmediatamente de que se trata de un animal que no tiene ningún representante actual. Cuvier ya había promulgado una de las normas fundamentales de la Paleontología, que es el Principio de la Correlación Orgánica, según el cual cada uno de los seres vivos está configurado de un modo particular, de tal manera que a partir de una de sus piezas podemos identificar a que animal pertenecen, o con que animal están emparentados. Cuvier no vio jamás este esqueleto, lo estudió siempre a partir de dibujos. Cuvier reconoce que no había ningún representante actual parecido, pero busca de que animal existente pueda ser pariente. Fijándose en su morro corto, en la especie de mejilla ósea colgante que le cae hacia abajo, y en las proporciones de sus extremidades, determinó que este ejemplar estaba emparentado con los perezosos. También concluyó que este animal no podía existir en la actualidad, dado que si así fuese, al ser tan gigantesco aparecería en las crónicas de los colonizadores de Sudamérica.
1796, año clave en la historia del Megaterio, se producen tres hechos determinantes.(Cuvier, Garriga, Jefferson)
Cuvier
Por una parte, Cuvier publica varias notas sobre este animal, en una de ellas se decide a darle nombre, le llama Megatherium, que quiere decir gran bestia o gran fiera, y como especie le da el nombre de americanum. La noticia se expandió por toda Europa, y lógicamente llega a Madrid.
Garriga
Cuando el ingeniero Juan Garriga ve el trabajo de Cuvier se siente dolido en su patriotismo hispano, y decide que hay que contrarrestar el acontecimiento de que un francés describiera este ejemplar tan valioso, por tanto se propone la compra de las laminas de Bru para publicarlas a sus expensas. Contacta con Bru quien le vende no sólo las laminas sino también el texto donde va describiendo minuciosamente cada hueso antes de su montaje. En 1796 ve la luz esta publicación, de la cual tenemos aquí un original. ( Luis Alcalá muestra el libro y lee su introducción).
Escribió Garriga en su introducción: "No obstante que es del Real Gabinete, ha sido descrito antes por un extranjero que por nosotros, o a lo menos la descripción de este se ha publicado primero que la que se hizo acá ". Garriga había detectado en el trabajo de Cuvier una serie de errores, y aprovecha la publicación del trabajo de Bru para presentar las correcciones.
Thomas Jefferson
En 1795, se encuentra en unas minas de salitre de Virginia restos de grandes huesos de megaterio, pero así como este esqueleto está prácticamente completo, allí aparecieron fragmentos dispersos y especialmente de las patas. El megaterio tiene unas garras muy fuertes. Cuando descubren este esqueleto en Virginia, contactan con Jefferson quien queda cautivado por estos huesos tan grandes. Por aquella época se consideraba que la fauna americana estaba empobrecida con respecto a la europea o africana porque no tenía especies de gran tamaño. Los animales americanos del siglo XVIII no son tan grandes como la jirafa o el elefante, eso era considerado por Georges Buffon, uno de los grandes naturalistas de la historia, como un síntoma de la grandeur europea frente a la decadencia americana. Cuando llegan estos huesos de un gran mamífero a manos de Jefferson éste queda absolutamente fascinado, y se pone a redactar una memoria para describirlos. Le confunde el tamaño de las garras, piensa que corresponden a las de un gran felino. A pesar de que el ejemplar de Virginia es menor que el de Madrid, las garras desenterradas siguen siendo muy grandes. Jefferson calcula el tamaño del cuerpo en proporción a estas garras y piensa en un león americano tres veces mayor que el de África. Esta teoría le agradaba enormemente pues le permitiría recuperar la autoestima americana. Si bien inicia el trabajo con mucho entusiasmo, al estar muy próximo su acceso a la vicepresidencia de los EEUU, tiene que dejar el estudio aparcado. Esta espera también venía motivada por la confianza de que aparecerían más huesos, sobre todo el cráneo, las mandíbulas y los grandes dientes de este "felino". Mientras en 1796 se ha publicado el trabajo de Cuvier. Jefferson al comprobar que ya no salen más huesos decide publicar su memoria, en ella le da a este animal el nombre científico de Megalonix, que quiere decir gran garra y lo compara con las grandes fieras. Cuando en 1797, Jefferson está a punto de lanzar su publicación, le remiten el trabajo que Cuvier había publicado en 1796. Curiosamente a Jefferson le había pasado totalmente desapercibido el dibujo del Megaterio que hacía diez años le había enviado el agregado desde España. La lectura del estudio de Cuvier le supone un jarro de agua fría, pero como tenía su trabajo ya redactado tampoco se resigna a tirarlo a la papelera, cambia simplemente lo de gran león por un cuadrúpedo que pertenece al grupo de los animales con grandes garras. Mitiga de esta manera su descripción, y pone una posdata, con fecha del 10 de Marzo de 1797, en la que un poco apesadumbrado comenta el trabajo de Cuvier, pero sin querer dar mucho su brazo a torcer escribe: "Si confiamos en la información de la que disponemos se diferencian en las siguientes características, el Megaterio no tiene forma de felino como el león, el tigre y la pantera, ya que se dice que todas las partes de su cuerpo están estrechamente relacionadas con las del perezoso, el armadillo y el pangolín. De acuerdo con esta analogía es probable que no fuera carnívoro, que sus ojos no tuvieran apariencia fosfórica y que no rugiera como los leones ".´
Prosiguen los estudios de Cuvier
Cuvier siguió dándole vueltas al asunto, porque este Megaterio le había causado una gran impresión, pues se trataba del esqueleto completo de un animal extraño y sin representantes actuales. En 1804 publica una nueva nota sobre el Megaterio, en esta ocasión ya conoce el trabajo español, reconoce que es excelente, y convierte su escrito en un cierto desagravio hacia Bru y Garriga. Confiesa que él no había visto nunca el ejemplar, y que su trabajo ha estado inspirado en la descripción de Bru. Traduce el trabajo de Bru y lo adjunta a su publicación. Todo esto supone un reconocimiento extraordinario a la labor que se hizo en este Museo. Cabe señalar que Cuvier era un genio, era una importantísima mente pensante en el ámbito de la paleontología, era el líder y creador de la paleontología moderna, pero debía tener muchos asuntos entre manos, y todo esto le llevaba a permitirse algunas licencias, como la de describir un ejemplar de esta categoría sin haberlo visto personalmente, o cuando menos sin haber hecho algún intento más solvente por tener información de primera mano. Lo mismo le sucedió en el caso de algunos yacimientos paleontológicos. Cuvier leyó las crónicas que se hicieron en el siglo XVIII, especialmente las escritas por Guillermo Bowles, quien exploró toda la península Ibérica y describió con gran tino como estaba formado el yacimiento de Concud. Cuvier, que jamás visitó este yacimiento, se permite desacreditar a Bowles afirmando que las descripciones de Bowles estaban manifiestamente desfiguradas y equivocadas. Cuvier era realmente magnífico en su capacidad pensante, pero en ocasiones se excedía en sus interpretaciones al no tener información de primera mano. En el año 1812 Cuvier publicó su gran obra en seis tomos, Investigaciones Sobre las Osamentas Fósiles, y vuelve a escribir sobre el Megaterio y el Megalonix. En aquella obra incluye una serie de láminas, de las que aquí tenemos una muestra, (Luis Alcalá enseña al público varias láminas originales). Esta es la obra clave de la paleontología de vertebrados y de la paleontología en general, porque en ella es donde postuló la leyes de la Correlación Orgánica. Estas leyes no las presenta con el Megaterio, las describió con un marsupial que encontró en la cuenca de París. Sin embargo el Megaterio sí fue determinante para que Cuvier dictara su nueva teoría sobre el sistema de las catástrofes geológicas en la renovaciones de las faunas. Por primera vez se postulaba que en determinadas épocas de la historia de la tierra hubo animales distintos de los actuales, y que por sucesivos fenómenos catastróficos se extinguían y aparecían otros nuevos completamente diferentes. Luego hemos sabido que esto no era así, pero a principios del siglo XIX era un avance extraordinario reconocer que podía haber asociaciones de animales en otros tiempos que fueran distintos de los actuales. Para llegar a estas conclusiones fue determinante la aparición del Megaterio que tenemos aquí, desde entonces nunca jamás se volvió a defender, con ningún viso de verosimilitud, que los huesos de los grandes esqueletos que se desenterraban pertenecían a gigantes. El Megaterio del Museo Nacional de Ciencias Naturales ha sido un ejemplar absolutamente imprescindible en el avance del conocimiento científico mundial.
El megaterio como animal vivo
Una vez explicada la importancia de este ejemplar, y no de otro, en la paleontología mundial, paso a describir al megaterio como animal vivo. El megaterio es un animal emparentado con los perezosos. Los perezosos ya se conocían en las expediciones a Sudamérica, y se dibujaron en láminas como ésta (muestra Luis Alcalá un dibujo de la época), se denominaban entonces perico-ligero como contraste a su excesiva lentitud. Cuvier sagazmente vio que el megaterio se relacionaba con los perezosos, y que pertenecía al grupo de los desdentados. Esto no quería decir que careciera de dientes, el megaterio tiene cuatro a cada lado, sino que estos dientes no tienen esmalte. Al grupo de los desdentados también pertenecen los pangolines, armadillos y perezosos. El megaterio pertenece al grupo de los xenartros, que tienen dos características fundamentales, por una parte las articulaciones de las vértebras son muy raras, gozan de unas articulaciones adicionales, resultando que sus vértebras están enganchadas con más puntos de contacto que las de cualquier otro mamífero. Xenartra quiere decir articulación rara. La otra característica es que en la pelvis el Isquion articula directamente con el Sacro. El megaterio tenía pelo y por tanto pertenece al subgrupo Pilosa.
El megaterio pertenece a un grupo de animales que se diversificaron y evolucionaron en Sudamérica, puesto que en la época en la que aparecen todos los primos, hermanos, hijos, padres, etc. de estos animales América del Sur estaba completamente aislada, por tanto el megaterio no aparece en América del Norte hasta que el continente queda unido por Centroamérica.
Cuando se describió el megaterio por el tipo de dentición se propuso que era un animal herbívoro. Al ver las potentísimas extremidades posteriores con relación a las anteriores se dijo que se podría poner ocasionalmente a dos patas y con las garras alcanzar las ramas que comería. Otros pensaron que estas garras le servirían para escarbar el suelo y comer raíces y bulbos. También se ha dicho que podría ser carroñero, e incluso un paleontólogo uruguayo dice que era carnívoro, ya que las proporciones de las garras producían una extremidad bastante agresiva propia de un cazador.
Epílogo
En definitiva, hoy en día, dos siglos después del hallazgo de este Megaterio, todavía sigue el enigma en el modo de vida de estos animales, de los que se cree que llegaron a convivir con los primeros humanos que hubo en Sudamérica, puesto que su extinción coincide con las fechas de los primeros poblamientos de esta parte del continente, incluso se ha llegado a proponer que el genero humano tuvo bastante que ver con el hecho de que hoy no podamos tener un ejemplar vivo en el Jardín Zoológico, como se cuenta que Carlos III, al ver el esqueleto, solicitó en su momento.
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Luis Alcalá posa con algunos miembros de la Asociación frente al esqueleto del Megatherium americanum |